Categories
Ficción

Recámaras vacías

Con el tercer canto del gallo abrió los ojos y de inmediato una dolorosa migraña se apoderó de él.

A sus setenta años ya no aguantaba el alcohol como alguna vez lo hizo en su juventud, y esto le era evidente ahora que no recordaba qué había hecho la noche anterior, ni cuál de sus muchas penas anhelaba olvidar esta vez con tanta bebida.

Ni siquiera tenía la certeza de que su malestar fuera a causa del licor.

Escuchó otro canto ensordecedor del gallo y con gruñidos esforzados recostó su espalda en la cabecera de la cama. Sintió con su mano derecha hasta dar con su lámpara.

Clic.

Nada.

Tras dos o tres jalones más fuertes la lámpara al fin prendió, y el cálido resplandor agudizó su dolor de cabeza. Cuando pudo abrir los ojos, miró hacia el otro lado de la cama. Estaba vacío.

Miró y reconoció el resto de la habitación. Puro desastre. Vio su ropa tirada en el piso y sobre los muebles, manchas de mugre en las paredes, y hasta un cenicero que no ya ejercía su uso, pues las cenizas de cigarrillo dispersas cubrían otras superficies inoportunas.

Sobre la coqueta ya no estaban las cosas de su esposa; ahora hacían fila tres botellas acomodadas una detrás de la otra. Una cuarta, justo al borde, amenazaba con caer y llenar el suelo de pedazos de vidrio.

Al parecer sí había estado bebiendo, porque todas estaban vacías.

Pensó que quizás un buen café lo ayudaría con la resaca, así que bajó a la cocina. La antigua cafetera de acero —con manchas incrustadas y una tapa torcida que apenas cerraba— ya estaba sobre la estufa; por semanas no se había hecho nada en esta estufa que no fuera café.

«Buenos días», dijo él mientras preparaba su bebida mañanera, pero no recibió respuesta. Miró hacia el comedor y vio que ella no estaba. Escuchó el cantar del gallo otra vez, y recordó. Ella no estaría más.

No pudo evitar sentir la melancolía que cayó sobre él como un balde de agua fría. ¿Cómo pudo haberlo olvidado? La desolación se comenzó a apoderar de él como ya lo había hecho la jaqueca. Aún comenzaba a hacerse de la idea de que por el resto de su vida estaría en habitaciones vacías.

Necesitaba salir de esta jaula, aunque fuera por un rato, así que decidió ir a tomar aire fresco al patio.

En la pared aledaña a la puerta de entrada colgaban las llaves de la casa, una foto enmarcada, y su escopeta Smith & Wesson calibre doce, que usaba para sacar a vacas moribundas de su miseria. En la foto estaban él y ella, divididos casi a la perfección por una grieta en el cristal del marco. La grieta era nueva para él; le sorprendió no haberla visto antes. Se preguntó si pudo haber habido algún altercado entre ellos antes del incidente que terminaría la vida de Margarita.

Quizás. No recordaba del todo.

Quitó una a una las tres cerraduras de la puerta y salió al patio. El sonido de la puerta de tela metálica al cerrar le siguió un momento después. Ya comenzaba a amanecer. La brisa alegre del campo y el verde esperanzado cubierto del rocío mañanero contrastaban con su estado de ánimo.

Miró desde allí hacia el pie de la colina, cerca del matorral, donde solía jugar a las escondidas con sus hijos —y años después, con sus nietos— mientras Margarita los miraba desde el balcón. Luego volteó hacia la pradera donde solía dar caminatas matinales con Margarita, y donde en ocasiones sus nietos lo obligaban a jugar deportes demasiado dinámicos para las rodillas del pobre viejo. Esos habían sido los años más felices de su vida.

Se sorprendió a sí mismo con una sonrisa en el rostro, una que no había lucido en meses, luego de haberse sumergido en los manantiales de su memoria. Hasta que un nuevo e inoportuno canto del gallo lo trajo de vuelta a la realidad.

Oyó el siseo del café desbordándose sobre la hornilla y entró a servirse. Con su taza de café en mano se sentó en la mesa del comedor, en la silla que daba hacia la ventana. Luego de un sorbo frunció el ceño. «El café nunca me va a quedar como quedaba el tuyo», declaró a una Margarita ausente. Una lágrima comenzó a bajar poco a poco por su mejilla —único signo de humanidad en aquel cuarto vacío— hasta caer sobre la mesa.

Habían pasado ya meses desde la última visita. ¿Por qué ya no lo venían a ver sus hijos? Ellos sí están vivos todavía, o ¿acaso solo venían por Margarita y no por él? Desde la muerte de su esposa ninguno había dado la cara por su casa ni para verificar que no se hubiera pegado un tiro. Niños ingratos, se dijo para sí mismo. Después de todos los años que se esforzó trabajando día y noche para darles una buena educación, ¿ahora se creían muy importantes para sacar un día y visitar a este viejo miserable? ¡Malditos!

El gallo interrumpió su ira con un canto más, una vena ya brotaba en cada una de las sienes del viudo. Su migraña inducida por el alcohol y agudizada por sus pensamientos se intensificó aún más. Tomó otro sorbo de su café amargo y frunció de nuevo, esto no ayudaba para nada. Al contrario, aún la amargura de su café le recordaba a Margarita, pues solo ella sabía hacerlo como a él le gustaba.

Una vez más el gallo dio un chillido ensordecedor. El viudo arrojó la taza hacia la pared, quebrándola al instante con el impacto y creando una capa de líquido pardusco sobre las losetas. En un instante recordó el porqué de la condición de su cuarto: él mismo se había deshecho de todo lo que le recordara a ella. Tenía que continuar su encomienda, la taza fue un buen comienzo.

Otra vez el gallo chilló, el viudo se agarró las greñas y lo acompañó con un grito de desespero. Buscó un mazo en la cochera y regresó al comedor a considerar por dónde empezaría.

La mesa. La mesa le traía recuerdos, y muchos de ellos tenían relación con su esposa.

El primer martillazo sobre la madera reverberó en todo el cuarto. El segundo también. Después del tercero ya no los oía más. De seguro el gallo tuvo que haber cantado una que otra vez más, pero él no lo escuchó. La antigua mesa de madera caía pedazo por pedazo al suelo, creando astillas que aguijaban los pies descalzos del viudo, pero él no sintió nada. Solo sintió un torrente de sangre correrle hasta la cabeza y un chillido continuo en sus oídos. Siguió martillando.

La mesa cayó vencida, y junto a ella todos los recuerdos que con ella traía— al menos eso esperaba él. El cuadro enmarcado en la pared sería el próximo.

El marco de la foto, ya agrietado, empeoró su condición tras su primer y último martillazo. Pedazos de vidrio volaron, y varios rozaron la piel del viudo, pero él no sintió dolor alguno. El cuadro cayó al suelo al instante, destruido. El único rastro ahora sería un roto en la pared.

Arrojó el mazo hacia la misma pared donde había arrojado el café y, aún dentro de toda su furia, pudo derramar un par de lágrimas de tristeza. Tomó la escopeta que colgaba cerca del hueco que acababa de hacer, y puso el cañón en su boca.

Cerró los ojos y haló el gatillo.

Clic. Nada.

Con lágrimas en el rostro revolcó las gavetas de la cocina hasta dar con sus municiones. Agarró en un puñado las últimas ocho balas que le quedaban y, mientras cargaba su escopeta, escuchó al gallo cantar de nuevo.

—Te vas conmigo, maldito— murmuró el viudo.

Con manos temblorosas terminó de cargar el arma y salió al patio. Su presa lo miraba desde el tejado del gallinero. Sonó un disparo. Luego dos. El gallo, imperturbable, volvió a cantar.

La ira le había nublado la vista, complicando su puntería como si la fuerte trepidación de sus manos no fuese suficiente. No obstante, volvió a disparar.

El tercer disparo dio con algo, pero el viudo no vio con qué. El viudo bajó la escopeta con un suspiro de alivio a medias.

—Ahora nos veremos otra vez, Margarita, mi amor. Esta vez para siempre.

El aleteo del gallo delató su estado vital. El viudo alzó la mirilla sin titubear, y disparó una y otra vez hasta que escuchó un chillido distinto del gallo — uno que anunciaría por fin su muerte. Miró al cielo y gritó:

—¡Por fin te veré de nuevo!

El cañón ya estaba de nuevo en su boca, lágrimas nuevas bajaban por sus mejillas. Esta vez eran de alegría, por alguna mórbida razón Lo que dijo después fue ininteligible. Esta vez el gatillo se le hizo más pesado, así que se ayudó con su otro pulgar.

Clic.

Clic.

Nada.

Categories
Ficción

Cuatro estaciones

Publicado originalmente en El Nuevo Día.

Cuatro estaciones, Andrew Merz

La probabilidad de que seas tú quien dé el primer paso es de una en un par de millones. Es una ilusión pensar que la muchacha bonita en el asiento frente al mío en el tren vaya a tomar la iniciativa y hablarme. Peor aún es pensar que existe alguna posibilidad de que me encuentre atractivo.

Quizás si la miro, si consigo que nuestros ojos se encuentren una que otra vez, entienda la indirecta. Después de todo, ese es el lenguaje de las mujeres: las indirectas. Tal vez, entonces, me lea la mente, vea lo intrigado que me tiene, sonría y decida cambiarse de asiento; decida dar el primer paso hacia descubrir que la timidez se me va cuando me siento cómodo. Puedo ser divertido si me conoces; a veces hasta interesante, si te esfuerzas. Por supuesto, no vas a recibir mis señales si ni siquiera me has mirado…

Faltan cuatro estaciones para la última parada. Cuatro estaciones que me quedan para asumir valentía y hablarte–asumiendo que no te vas a bajar antes de tiempo. Rayos, espero que no.

En la primera estación, me di cuenta de lo hermoso que es tu pelo rojizo, y que, combinado con tu cárdigan color esmeralda, pareces un adornito de Navidad. Sí, sí… es raro este tipo de analogía, lo sé, pero es lo primero que me viene a la cabeza. Hasta su textura–como tejida a mano por tu abuelita, (aunque es más probable que la hayas comprado en una de esas megatiendas que están de moda ahora)– me recuerda al frío placentero del invierno. Te imagino como una persona que pasa las navidades en el campo. (Tienes cara de chica de ciudad, pero también un no sé qué que me dice que tu familia viene del campo). Ya te veo acercándote a la mesa donde está la comida, quitándole la tapa de papel de aluminio al arroz con gandules y sirviéndote dos cucharones, acompañados con una doble porción de lechón. Todo esto mientras los vecinos en la fiesta se preguntan: ¿Cómo rayos come tanto y se mantiene tan flaca? Y me imagino yo, a tu lado, preguntándome lo mismo, tratando de descifrar el misterio. No el de cómo mantienes tu cuerpo después de una dieta navideña intensa, sino el de qué te fascina, qué requisitos tengo que cumplir para hacerte feliz. ¿Qué cosas te hacen pensar, qué te inquieta, qué te intriga…? Tantas cosas que me gustaría saber de ti. Por cierto, ahí desde tu asiento opuesto al mío, no me dices nada.

El conductor del tren anuncia que nos acercamos a la próxima parada y enseguida despierto de mi pequeña fantasía. El tiempo corre y no estoy listo. Solo se me ocurre pedirle al cielo que no te bajes aquí. Necesito más tiempo.

Me preocupa que no puedo dejar de mirarte. El tren se detiene poco a poco en la segunda estación y no te he soltado de mi vista. Debería mirar hacia otro lado, pero no puedo, y me avergüenzo de mí mismo por sentir temor de perder a alguien que ni conozco, alguien que no me ha dirigido ni la mirada. Ya me daba cuenta de lo incómodo que sería si levantaras la vista y te encontraras con mi mirada acosadora, pero no me diste tiempo de desviar la vista. Nuestros ojos se encontraron por primera vez. Las mariposas en mi estómago sintieron mariposas en sus estómagos, y me obligué a bajar la vista y fingir que escribía un mensaje en el celular. Me imagino que sabes que te he estado mirando todo este tiempo, y me siento como la persona más estúpida en este vagón; en todo el tren, probablemente.

Las puertas se abren, gente sale y gente entra, y yo sigo escribiéndole a nadie, con la mirada fija en el celular. No me atrevo ni a invitarte a mi visión periférica. «Precaución, cerrando puertas,» anuncian las bocinas, y no es hasta que oigo que se cierran por completo que me atrevo a alzar la vista. Sigues aquí, veo tus zapatos. Nervioso, muevo mi vista hasta tu rostro y nuevamente nos encontramos. Esta vez sonreíste. Me sonreíste. Te sonrío enseñando la menor dentadura posible–todo lo contrario a ti. El tren continúa su marcha y me doy cuenta de que solo tengo dos paradas más. En ese momento me percato de las personas que entraron al tren. Entre ellas había un viejo con varios ramos de rosas, que iba de asiento en asiento ofreciendo su mercancía. Por alguna razón la sonrisa sigue en mi rostro. Una alegría inexplicable florece en mi corazón como las rosas que vende el don. Quiero comprarle una, ir donde ti con ella en mano y hablarte, pero no. O sí, pero sin la rosa. Eso sería muy raro.
Muy bien, decidido. Me voy a presentar (sin la rosa).
Ya mismo.

No es hasta que llegamos a la tercera estación que me percato de que no he hecho nada desde la última parada hasta acá, embobado por el regalo de tu sonrisa y traído de vuelta a la realidad por el sonido de las puertas al abrirse. Aún no me he atrevido a hablarte. Veo que el viejo de las rosas se bajó para abordar el tren al otro lado de la plataforma, probablemente porque allá hay más gente.

Volteo a tu asiento y sigues ahí, tan impresionante como hace unas cuantas estaciones atrás, con tu pelo candente como el sol y tus pecas como arena al pie del mar de tus ojos. Y mi determinación, como las olas, viene y va. En momentos creo que estoy decidido en llegar a ti y sonreírte, extender mi mano y revelarte mi nombre, y de paso conocer el tuyo, pero ese ímpetu se desvanece como la espuma.

Solo queda una estación y ya no tengo la falsa confianza que siente uno cuando deja algo para última hora. No sé cómo el yo del pasado–de dos estaciones atrás–confió en el yo de dos estaciones adelante para que tomara acción. Ahora siento más temor que nunca.

El tren emprende su marcha hacia la última estación. Es ahora o nunca. (Pienso en todas las veces en que tuve estas dos opciones y escogí la segunda.) No puedo darme el lujo de un arrepentimiento más. Lo voy a hacer.

Alzo mi rostro y te miro, pero solo hasta que me percato de que también me miras. Aparto la vista hacia el mapa que está al lado de la ventana y, cuando siento que estoy a salvo, te vuelvo a mirar. Ahora veo que haces rápido inventario de tus cosas, preparándote para salir cuando el tren se detenga, y te imito. Nuestro tren entra al túnel hacia la última estación, donde sé por experiencia el tiempo que toma desde la entrada del túnel hasta que se detiene: unos doce segundos, lo que significa que me quedan menos de diez.

Nueve. Ocho.
Me levanto de mi asiento y ya estás de pie.
Cinco. Cuatro. El tren ya redujo su velocidad casi por completo.
Dos. Uno. Ya estás frente a las puertas cuando se abren, y yo a unos pasos detrás. Esta es mi última oportunidad y siento más nervios que nunca.
Cero.

Sales del tren e inmediatamente te diriges a la derecha. Mi resolución de hablarte es como una hoja caduca a punto de desprenderse de su árbol, mis nervios como brisa de otoño. Salgo y me volteo hacia la izquierda, caminando hacia la salida opuesta y aceptando que no me atreveré a acercarme a ti. Con cada paso que doy me alejo más, te pierdo más. El tren que desbordamos juntos siguió hacia adelante y ya nada nos une. No quiero mirar atrás. No me consideré lo suficientemente valiente para acercarme. ¿Y si me rechazabas? Pensándolo mejor, no importa; el no hacer el acercamiento fue un rechazo automático. Tonto que soy, ya es muy tarde para epifanías. O quizás no.

Me toma más energía de lo usual voltearme hacia donde estás. Aunque estás lejos, todavía te veo.

FIN

 

Nota: Este cuento fue el ganador de la 19a edición del Certamen de Cuento de El Nuevo Día y fue publicado originalmente tanto en el periódico impreso como en su página web. También puedes leer la noticia aquí.